sábado, 15 de agosto de 2015

Relámpago mental desmantelado XXXV y/o CREATIVACIÓN.

 
Leo los periódicos, escucho la radio (menos) y veo la TV (mucho menos).
Parece que desde que se fue Wert de embajador allá donde tiene a su nueva pareja, la número dos de su ex Ministerio, Montserrat Gomendio, como premio concedido por Rajoy al peor Ministro de la historia de la democracia de España, se va desmontando la aplicación de la LOMCE (reválidas, literatura, catalán-castellano,…).

La EDUCACIÓN es fundamental para las personas, para los países, para las comunidades, para luchar contra la barbarie, contra la pobreza, para todo.
Pero en España cada legislatura crea su propia reforma educativa, y así no hay manera. Creo que ya llevamos siete u ocho desde el gobierno de transición de Suárez, y estudiantes que durante su ciclo formativo han sufrido hasta ¡tres reformas diferentes!

Me pregunto que cuándo se darán cuenta de que lo que deben enseñar es a aprender.
Y se me ocurre que eso sólo se puede hacer a través de la CREATIVACIÓN, que no es nada más que la contracción en un solo término de creatividad + innovación y acción.
Todos tenemos alguno o algunos talentos, y eso es lo que las escuelas de los niños y de los jóvenes deben ayudar a descubrir a cada uno, porque eso será fundamental en el aprendizaje del aprender.
Creo que todo lo demás es secundario, pero si enseñamos a los estudiantes a potenciar su creatividad, a innovar y a ponerlo en marcha, habremos dado un paso crucial en la EDUCACIÓN, que tanto necesitamos y que gente como Wert no quiso atender porque él servía a intereses políticos y de su partido, con el consiguiente daño irreparable que habrá hecho a cientos de miles de estudiantes.

¡¡¡ CREATIVACIÓN !!!

Una familia y un cuento.

 
Desde hacía unos días los venía observando desde mi posición en la barra del Hotel de Llivia que suelo frecuentar a la hora del aperitivo.

Era una familia formada por una pareja que diría que rondaban los cincuenta y largos años, y dos chicas, una de ellas de unos trece o catorce años y la otra de unos once o doce como mucho.
Los padres, porque así los llamaban las niñas, catalanes. Hablaban siempre en catalán, entre ellos y con las chicas, y ellas respondían en catalán también.
La mayor tenía el pelo lacio, largo y de un negro brillante, y la piel blanca blanquísima. Por sus rasgos era fácil suponer que era japonesa, no creo que fuese filipina ni indonesia, aunque bien podría serlo.
La pequeña, morena de piel y pelo negro y algo ondulado. Utiliza gafas y juega constantemente a algo en su móvil, mientras su hermana japonesa hace sudokus.
Delgada como una brizna de hierba, risueña como un pajarito.
Creo que de origen etíope.

Parece una familia muy feliz. Se tratan con dulzura. El tono de la voz de los cuatro es meloso, bajo, susurrante. Se tocan. Tocarse es una caricia de pieles. Es amor. Comprensión. Aceptación.
Me gusta.

Ayer se levantaron de los dos sofás que suelen utilizar mientras consumen alguna bebida antes de comer. Después se dirigieron al comedor del Hotel y se sentaron en la misma mesa que yo suelo ocupar cuando algún día voy a cenar.
Y no me puede resistir.
Cogí una silla y me senté con ellos en la mesa.
Me presenté y les dije que les quería explicar un cuento breve. Pero que antes tenían que hacerme una promesa. Debían pensar en el cuento que yo les explicaría y comentar con sus padres sus conclusiones, lo que el cuento les había hecho pensar. Asintieron con una sonrisa amplia, sincera, fresca, también los padres.

Y esto les conté:
“Había un hombre que cada mañana paseaba por la orilla de una playa cercana a su casa.
Y una mañana, nada más iniciar su paseo matutino observó que toda la arena de la playa estaba cubierta de estrellas de mar que las olas debían haber expulsado de sus aguas saladas.
Y pensó con muchísima tristeza que las estrellas de mar morirían rápidamente, porque sabía que no pueden sobrevivir más que unos minutos fuera del agua de la mar.
Mientras esto pensaba, observó a lo lejos una presencia que no era más que una manchita negra que corría del mar a la arena y de la arena al mar, y así repetidamente. Y lo hacía con rapidez, con nervio.
Decidió acercarse para ver qué era ese cuerpo o esa forma que divisaba desde la lejanía y ver qué hacía exactamente.
Cuando se aproximó lo suficiente como para ver con claridad, vio que era una niña que corría desde la arena hasta el mar para devolver a las olas en cada ocasión una de las estrellas que yacía sobre la arena.
Y ya junto a la niña le preguntó:
- “¿Qué haces, niña?”
Y ella le respondió:
- “¿No lo ves? Devuelvo las estrellas al mar.”
Y entonces él le dijo:
- “Lo que haces no tiene ningún sentido, niña. Hay muchas, muchísimas estrellas de mar en la arena, y no te dará tiempo a devolverlas todas a la mar. Por eso te digo que lo que haces no tiene ningún sentido.”
La niña, sin dejar de proseguir con su tarea, le respondió mientras cogía una estrella de mar de la arena:
- “Para esta estrella de mar, sí tiene sentido lo que hago.”

Y abandoné la mesa de justo cuando la camarera llegaba para tomar nota de su pedido para su comida familiar.

Mientras me iba no pude contenerme y giré la cabeza para ver a la familia de nuevo, y comprobé que los cuatro me miraban con la cara que pone la gente que sabe amar.
Me estremecí y me ruboricé un poco, pero creo que nadie se dio cuenta de ello.
Sólo mi alma y yo.

jueves, 13 de agosto de 2015

Una lagartija que ladeaba la cabeza.

 
Ayer me invadió una soledad abrumadora, como lluvia persistente.
Paseaba y me refugié, como para no ser visto y que nadie viese mi soledad, bajo las ramas de una sauce llorón.
Mientras dejaba pasar el tiempo una lagartija se detuvo frente a mí y me miró con la cabeza algo ladeada.
Primero pensé en espantarla porque me agobiaba su mirada, pero decidí preguntarle por qué me miraba, si era porque su instinto había detectado mi soledad y se apenaba de mí.
Me respondió con una contorsión de su cuerpo hasta que su boca agarró su cola y de un mordisco se la amputó.
Yo la miré estupefacto, y la lagartija empezó a mondarse de risa al contemplar los coletazos que le regalaba su cola ya independiente.
Al inquirirle que por qué hacia eso me contestó que siempre es bueno reírse de uno mismo, y que tal vez yo debería ejercitarme más en ello.
Cuando me fui la cola ya estaba inerte y la lagartija me miraba de nuevo con la cabeza ladeada.

Perfidia.

 
Estaba leyendo una entrevista a James Ellroy, en la prensa de hace unos días, sobre su nuevo libro, que es el primero de una nueva tetralogía sobre la ciudad de Los Ángeles de los años cuarenta del siglo pasado.
Creo que leeré el libro, que se titula “Perfidia”.

Al acabar, me he ido a buscar en el Diccionario de la Lengua Española la descripción exacta y académica del término “Perfidia”, y dice textualmente, deslealtad, traición.

En la primera página del Diccionario, esa página de cortesía en blanco, me he encontrado con esta dedicatoria: “Gracias por estos cinco años maravillosos. Te quiero. Susan. 14 de mayo de 1977”.

El 14 de mayo de 1973 la besé por primera vez.
Nos casamos el 30 de septiembre de 1977.

¿Te he sido desleal o te he traicionado después de que murieses el 4 de enero de 2009 en mis contactos con otras mujeres?
No he sabido responderme.

Me he puesto a sollozar como un perro asmático.
Te quiero, Susan.

Relámpago mental desmantelado XXXiV y/o la estupidez humana.


De nuevo sentado en la terraza de la abuela de ochenta años me pido una Voll Damm y me sirve una Heneiken. Qué más da! Es sólo cerveza.

Tengo la mente en blanco. Me dedico un rato a intentar conocer lo que piensa mi cerebro cuando no piensa nada. Imposible. Imposible averiguarlo porque entonces me doy cuenta de que intento no pensar en nada y en realidad lo que hago es pensar en que no pienso nada y en realidad acuden ideas y cosas como imágenes al cerebro y yo las intento desechar para que se quede en blanco, y me hago un lío monstruoso y no me aclaro, por lo que decido dejar que la mente divague en lo que le de la gana.

Y de repente me acuerdo de que hace unos días leí que Corea del Norte había decidido retrasar sus relojes media hora respecto de la hora de Corea del Sur y Japón, para de esa forma aislarse más todavía de sus vecinos.
Es cierto que hace algo más de cien años ya tenían media hora de diferencia respecto de sus odiados vecinos nipones, y por tanto ahora lo pueden justificar diciendo que simplemente recuperan su horario tradicional y abandonan el que les impusieron los invasores japoneses.
¡Pero de eso hace más de cien años! Y en cien años las cosas han cambiado mucho, como también lo demuestra el hecho de hoy en día haya dos Coreas en esa península y no sólo una.

Por algún arte más inexplicable que el análisis de mi mente en blanco mi cerebro me recuerda que un tal Anatoli Lunacharki, allá por el año 1917, cuando ejercía de Comisario de Instrucción Popular de la Unión Soviética, presidió un Tribunal contra el Creador en lo que decidieron fuera un juicio contra Dios.
El Tribunal consideró que Dios era culpable de los cargos que se atribuían (que vaya usted a saber cuáles eran) y se le condeno a muerte.
La sentencia se ejecutó a través de una salva de disparos dirigidos al cielo.
Lunacharki devía haber olvidado que unos años antes Friedrich Nietzsche ya había declarado que Dios había muerto (y antes que él, Hegel), por lo que sus disparos no podían matar a quien ya había fallecido.

Me despista los pensamientos cerveceros unas piernas preciosas que se tapan poco por lo corto de su faldita, me reprimo un silbidito que quería ser un piropillo, y cierro mis divagaciones pensando que la estupidez humana no tiene límites, ni que pasen cien o mil o un millón de años.

Me pido otra cerveza, una Voll Damm, y me sirven una Mahou.
Bueno, qué más da, sólo es cerveza!

martes, 11 de agosto de 2015

Relámpago mental desmantelado XXXIII y/o mi soledad y mis objetivos.

 
Sentado en una nueva terraza que he descubierto y que regenta una mujer que supera los ochenta años, olé y olé y OLÉ, he recordado una pregunta que me formuló ayer una mujer con la que tuve una relación que ella decidió finalizar, y que me dijo que yo ya entendería el por qué, pero lo dijo sin saber que yo soy un niño que no ha crecido y es por eso que sigo sin entenderlo.

La pregunta que me lanzó rezaba algo así como “¿Ya te han dado de alta de todo lo tuyo?”. Obviamente se refería a mis problemas físicos, y principalmente a mi rotura de cinco vértebras.
Le contesté que sí, que así es, que ya me han dado el alta los funcionarios correspondientes, y que ahora ya vuelvo a ser una persona anormal, o sea, una persona como todos. Que había perdido mi singularidad, que residía en unos hierros que me abrazaban pecho y espalda para proteger mi columna, y que ya nos los llevo encima, como tampoco llevo sus abrazos y sus mimos porque ya no me los quiere dar.

Entonces me he reído un poco, porque me he dado cuenta que al ser de nuevo un anormal como la mayoría de la gente vuelvo de nuevo a fingir, a disimular ante ellos para que piensen que soy un adulto y no el niño que sigo siendo, y me he dado cuenta porque me sigo marcando objetivos en mi vida imposibles de conseguir.
Lo que nadie sabe es que la mayoría de las veces los acabo consiguiendo, y eso se debe a que he vuelto a mi soledad, y no tengo a nadie a mi alrededor que me diga que lo que me he propuesto no podré hacerlo, que no lo conseguiré.

Y es precisamente por eso por lo que alcanzo mis objetivos.

domingo, 9 de agosto de 2015

Les fleurs de le dimanche.

 
Desde hace casi veintitrés años, que es cuando compré esta casa de Enveitg que ahora me acoge todos los días del año, todos los domingos le regalo a mi vecina, Ivette, un ramo de flores que compro en los matutinos mercados de Puigcerdá.

Al principio lo hacía porque me la quería ganar, ya que era mi vecina y yo un extranjero en su tierra. Después seguí con el regalo de los domingos porque me apetecía, y además porque a Susan le encantaba este detalle que yo tenía con la vecina.
Susan también recibía su ramo de flores.
No, sus ramos de flores que alegraban nuestra casa durante toda la semana.
Ahora siento que lo sigo haciendo en memoria de mi compañera, y porque no tengo mujer a quién regalarle flores, y porque me encanta ver el rostro de alegría de mi vecina cuando, cada domingo, le grito desde mi jardín, pegado a su casa, ¡¡¡Ivette, les fleurs de le dimanche!!!
Y ella acude presurosa y rápida con su pisar lento y parsimonioso.

Ivette tiene cerca de ochenta años, llevados y trasegados con la dignidad y la elegancia de las mujeres francesas, y su sonrisa y su mirada cuando recibe mis flores dominicales es el de una mujer con un dulce encanto y una enorme serenidad que me enamora y me embriaga.

Después pongo flores en los jarrones de mi casa, miro una fotografía de mi compañera y derramo unas lágrimas en recuerdo del ángel que mimó mis días mientras estuvo conmigo. Yo la cuidé y la  amé siempre, y ahora la acaricio con mi recuerdo y con mis flores de los domingos en esta casa que ella hizo que tuviese esta alma caliente, cálida, entrañable, y que mantuviese el olor de pueblo que le corresponde, olor que también tenía nuestro piso de Sarriá a pesar de que no era un pueblo porque era un barrio pero que a nosotros, cuando paseábamos cogidos de la mano y deseando besarnos en cada esquina, nos olía y sabía a pueblo.

¡¡¡ Ivette, les fleurs de le dimanche !!!