lunes, 12 de febrero de 2018

Greguerías de un inconformista (XLVII).



El pasado 8 de febrero del actual año 2018 “La Vanguardia” publicó una esquela que merecía ser leída con atención.
Obviando el nombre del finado, que era un hombres de setenta y siete años, la esquela que sus primos le dedicaron, encabezada por la clásica cruz, decía textualmente así:
“Hijo de Pilar y Emilio. Ha dejado este mundo sin haber aportado nada de interés. Creyente en un Dios que espero que exista. Sus primos y demás familia lo comunican a sus amigos y conocidos, y les ruegan un recuerdo en sus oraciones. La ceremonia tendrá lugar mañana, día 9de febrero del 2018, a las 15.30 horas. Tanatori Sancho de Ávila”.

Aparecía también la misma esquela en catalán, y la única variación existente era en la siguiente (traduzco al castellano): “Ha  muerto en Barcelona, el día 6 de febrero de 2018, a los 77 años de edad, sin haber modificado demasiado el mundo que lo rodeaba”.

Es evidente que las esquelas o bien sólo comunican el deceso de la persona en cuestión o glosan de forma rápida y simple aquello que se considera como rescatable de la vida del fallecido.
Bueno, pues esta es evidente que no.

La pregunta que me despertó su lectura fue la que sigue: ¿ a esta redacción se le llama sinceridad o simplemente es rencor?

Lo dejo a criterio de mi lector, salvo destacar un pequeño (o gran) detalle: en la versión castellana hay una frase, que desaparece en la versión catalana, que reza (¡qué bien que queda aquí este verbo!) “Creyente en un Dios que espero que exista”.
Destaco, y ese es el detalle, que la redacción es en singular (“…que espero que exista”.), cuando en el resto del texto se utiliza el plural, lo cual puede ser una pista para llegar a la conclusión de que el sincero o el rencoroso en una sola persona.

Insisto: lo dejo todo a criterio de mi lector.

viernes, 26 de enero de 2018

Greguerías de un inconformista (XLVI).



Hace unos días leí y escuché una noticia en los mass-media, noticia que creo que ha pasado algo desapercibida para la mayoría de las personas, pero que a mí me impactó con mucha contundencia.
La noticia decía algo tan simple como “Clonan primates” y la acompañaba, en la TV y en la prensa, una fotografía de dos monos enanitos, como dos titis, exactamente iguales.
Inmediatamente, como un acto reflejo, pensé en lo que escasos segundos después comentaba la noticia: “Queda abierta la puerta para la clonación de humanos”.

¡La noticia me horrorizó!

Hace unos días que tengo pesadillas nocturnas que provocan que me despierte o bien empapado en un sudor viscoso o bien congelado como si estuviese rodeado de una capa de hielo en torno a mi cuerpo.

Y entonces se me empiezan a ocurrir extravagancias insoportables e insufribles, como por ejemplo perder mi propia identidad porque me tropiezo por la calle con mi clonación, que es idéntico físicamente a mí, y pienso que lo peor ocurrirá cuando entre en un bar después de seguirlo por diversas calles y compruebe que habla, se sienta, consume, bromea, gesticula y dice y hace cosas exactamente igual que yo.
O que paseo por mi pueblo y me encuentro con una mujer calcada a mi amada Susan.
O entro en un restaurante y veo sentado a la mesa a un hombre como mi padre que me sonríe y yo no sé por qué. Y a su lado se sienta una mujer que es mi madre y me mira y me observa como si me conociese como si me hubiese parido. Y el camarero que va a tomar nota de lo que desean es idéntico a otro camarero que yo conocí en otra ciudad y también me mira de soslayo con una risita que no sé interpretar del todo, y mi madre pide un plato de sopa pero muy muy muy caliente, como hacía siempre siempre siempre mi madre, y se queja de que hace algo de frío en el local y mi padre le dice al camarero que es de otra ciudad que él con unos callos y pan estará más que satisfecho, y el camarero se va con su nota y al pasar junto a la mesa donde me he sentado me dice Buenos días, Paco, y yo me quedo tan estupefacto que no respondo.

Y entonces me despierto sobresaltado, horrorizado, asustado, y me voy al baño a lavarme la cara y cuando me miro en el espejo no me reconozco porque igual que yo vaya usted a saber cuantos más corren por las calles de mi pueblo, de mi ciudad o de otras, y corro de nuevo a la cama para taparme hasta el flequillo y olvidar lo que ya no sé si he soñado o he vivido el día anterior o es lo que viviré en el día que está por venir.
Y al final me despierto cuando el despertador me lo dice con su estridencia y lo primero que hago es decir en voz alta Paco para ver si sólo contesto yo o lo hacen varios al unísono, y como que sólo lo hago yo me tranquilizo un poco hasta que pienso que tal vez han contestado otros pero desde otras habitaciones, otros pueblos, otras ciudades, otras tierras, y entonces vuelvo a horrorizarme y ya no se qué hacer pero algo hago aunque no me acuerdo, y decido que ya se lo preguntaré a otro Paco como yo en cuanto me lo encuentre por la calle.

Y salgo a la calle para desayunar en algún lugar mirando de forma furtiva a todos lados por si aparezco tras una esquina, y aparezco, y entonces pienso que tal vez yo sólo soy una copia del auténtico que es el que acaba de aparecer al doblar la esquina.

Greguerías de un inconformista (XLVI).



Hace unos días leí y escuché una noticia en los mass-media, noticia que creo que ha pasado algo desapercibida para la mayoría de las personas, pero que a mí me impactó con mucha contundencia.
La noticia decía algo tan simple como “Clonan primates” y la acompañaba, en la TV y en la prensa, una fotografía de dos monos enanitos, como dos titis, exactamente iguales.
Inmediatamente, como un acto reflejo, pensé en lo que escasos segundos después comentaba la noticia: “Queda abierta la puerta para la clonación de humanos”.

¡La noticia me horrorizó!

Hace unos días que tengo pesadillas nocturnas que provocan que me despierte o bien empapado en un sudor viscoso o bien congelado como si estuviese rodeado de una capa de hielo en torno a mi cuerpo.

Y entonces se me empiezan a ocurrir extravagancias insoportables e insufribles, como por ejemplo perder mi propia identidad porque me tropiezo por la calle con mi clonación, que es idéntico físicamente a mí, y pienso que lo peor ocurrirá cuando entre en un bar después de seguirlo por diversas calles y compruebe que habla, se sienta, consume, bromea, gesticula y dice y hace cosas exactamente igual que yo.
O que paseo por mi pueblo y me encuentro con una mujer calcada a mi amada Susan.
O entro en un restaurante y veo sentado a la mesa a un hombre como mi padre que me sonríe y yo no sé por qué. Y a su lado se sienta una mujer que es mi madre y me mira y me observa como si me conociese como si me hubiese parido. Y el camarero que va a tomar nota de lo que desean es idéntico a otro camarero que yo conocí en otra ciudad y también me mira de soslayo con una risita que no sé interpretar del todo, y mi madre pide un plato de sopa pero muy muy muy caliente, como hacía siempre siempre siempre mi madre, y se queja de que hace algo de frío en el local y mi padre le dice al camarero que es de otra ciudad que él con unos callos y pan estará más que satisfecho, y el camarero se va con su nota y al pasar junto a la mesa donde me he sentado me dice Buenos días, Paco, y yo me quedo tan estupefacto que no respondo.

Y entonces me despierto sobresaltado, horrorizado, asustado, y me voy al baño a lavarme la cara y cuando me miro en el espejo no me reconozco porque igual que yo vaya usted a saber cuantos más corren por las calles de mi pueblo, de mi ciudad o de otras, y corro de nuevo a la cama para taparme hasta el flequillo y olvidar lo que ya no sé si he soñado o he vivido el día anterior o es lo que viviré en el día que está por venir.
Y al final me despierto cuando el despertador me lo dice con su estridencia y lo primero que hago es decir en voz alta Paco para ver si sólo contesto yo o lo hacen varios al unísono, y como que sólo lo hago yo me tranquilizo un poco hasta que pienso que tal vez han contestado otros pero desde otras habitaciones, otros pueblos, otras ciudades, otras tierras, y entonces vuelvo a horrorizarme y ya no se qué hacer pero algo hago aunque no me acuerdo, y decido que ya se lo preguntaré a otro Paco como yo en cuanto me lo encuentre por la calle.

Y salgo a la calle para desayunar en algún lugar mirando de forma furtiva a todos lados por si aparezco tras una esquina, y aparezco, y entonces pienso que tal vez yo sólo soy una copia del auténtico que es el que acaba de aparecer al doblar la esquina.

domingo, 21 de enero de 2018

Ricard Jordana, in memoriam (II).



Recibo mucho a cambio de lo poco que doy.

Ayer me he desplacé al Tanatorio de Les Corts de Barcelona para despedir al Profesor Jordana, al sabio Ricard Jordana.

Y su viuda me esperaba, y sus dos hijas y sus nietos, y yo no hacía otra cosa que llorar y moquear abrazado a una trémula Maria Dolors que sólo hacía que decirme “Paco, no em deixis, no t’oblidis de mi, jo t’estimo” y yo no podía pronunciar palabra y la vergüenza me asomaba por todos los poros de mi piel y no quería dejar de abrazarla porque no sabía qué hacer conmigo entero.
Y ella insistía con “digam que en vindràs a veure, i dinarem plegats i pasajarem agafats de la mà i xarrarem de l’amor fins que no puguem mès, perque nosaltres sabem el que és estimar profundament”, y yo notaba que me deshacía en nubes de agua salada de un cielo gris con estrépitos de sol que homenajeaban a gritos al Maestro, y mi llanto empezaba a ser sonoro y sincopado y notaba que nos miraban, que éramos observados por los asistentes a las exequias, que miraban nuestro abrazo estrecho y sincero y sencillo, aunque la verdad es que creo que nadie nos miraba.

Y después, sus nietos, ya dos “humanots”, a mí me abrazaban con una ternura inmensa y a su abuela acariciaban como sólo saben hacerlo los hombres de corazón generoso.
Y las hijas me arrollaban con sus zalameros lamentos y las súplicas de que a su madre cuidase y yo me comprometía sin saber de los deberes y exigencias de los compromisos, y me destrozaban cuando me decían “a cau d’orella” que su madre me adora y su padre me admiraba porque conocía de mi amor y entrega a la niña de mi alma, y yo creía que me desvanecía y no quería porque yo allí sólo era el vecino de la escalera que Susan pintó con toda su ternura.
Y los hombres de las hijas me daban palmadas gigantescas en la espalda y me animaban a cuidar de Maria Dolors, y yo abrumado respondía entre mocos de agua tibia que allí estaría y no fallaría y la duda me absorbía y el cerebro se me entumecía y mi alma se encogía.

Luego pensé en la huída, pero mis piernas paralizadas me retenían hasta que Maria Dolors se me acercó i oí, muy flojito, casi como un soplo de aliento masticado con extrema lentitud, que me decía que partiese de nuevo hacia la Cerdanya ya que a otros falta haría y que además apreciaba que en mi rostro el cansancio aparecía.

Y me fui con el cielo ya encapotado del atardecer de enero posándose sobre mis hombros fatigados y mi alma estremecida.

viernes, 19 de enero de 2018

Ricard Jordada, in memoriam.


Ricard Jordada, in memoriam.

Vuelve a nevar, lenta y cadenciosamente, como mi llanto viejo y longevo.
Vuelve a hacer frío.
Vuelve a helar.
El cuerpo necesita abrazos, abrazos que acojan el alma en manos cálidas y corazones calientes.
El cuerpo busca el estremecimiento en su búsqueda de cobijo.
Es el mes de enero y se inicia la floración blanca y rosada de los almendros, flores de almendro que apaciguarán las congelaciones de nuestro cuerpo y el titiritar de nuestra alma.

La vocecita débil como la de los insectos aletargados del invierno, lenta como la caída de los copos de nieve de mi jardín, escapadiza como la ardilla del nogal del camino de mi casa, la vocecita de Maria Dolors grabada en mi móvil me penetra el tímpano como una cuchilla cuando recita que Ricard, su marido, su marido pausado por su sabiduría, su compañero cargado de letras inglesas, catalanas, griegas, latinas, su estimado Ricard repleto de silogismos y sinónimos y antónimos y aforismos y etimologías ha fallecido de forma repentina.

La cuchilla afilada me llega hasta la nuez cuando hablo con ella y me dice que me lo ha querido comunicar de viva voz porque ella sabe que yo conozco el dolor de la pérdida del ser amado. Y yo le respondo que no, que a veces se me disipa el rostro de mi compañera entre lágrimas ácidas que detesto y golpeo con mis puños hasta destrozarme las cuencas de las ojos y las mejillas, que la piel de mis manos ya busca con desespero inevitable la calidez del calor del cuerpo de la que fue y es mi compañera, y que yo intenté olvidar en vano en la piel de porcelana de una ribereña casi portuguesa que me tiró a la cuneta cuando descubrió mis debilidades sin prestar cuidado alguno al daño que me inflingía, que yo a su compañero lo quería, al profesor, al maestro, hasta rozar la envidia por su extrema sabiduría y su gigantesca bonhomía, y porque yo sabía que él a mi también me quería y comprendía, y quiero decirle que a ella también la quiero pero la daga perfora mis cuerdas vocales hasta romperlas en afonías y desintonías.

Sólo puedo escribirle en la tranquilidad del atardecer para decirle que estoy llorando, que su marido era un maestro y, sobre todo, el máximo que un hombre puede aspirar a ser en la vida, sabio y bondadoso, que siempre lo recordaré por la calidez que desprendía, por su sencillez, su afabilidad, su proximidad y su humanidad, y porque yo lo quería y yo sabía que él a mí también me quería, y porque le quiero pedir una última cosa: que allí donde esté cuide su sabiduría y la imparta y regale como lo hizo con sus alumnos en esta tierra y que abunde en las virtudes que hicieron de él lo que fue en vida, y que cuide de mi compañera hasta que yo me reúna con ellos en amor y armonía.

T’ho demano, Ricard. T’ho prego amb tot el meu cor. Jo vetllaré per la vida de la Maria Dolors, la teva companya, la meva amiga.

Descansa en pau, Ricard Jordana, mestre de vida.

lunes, 8 de enero de 2018

El fabricante.


El fabricante.

(Lección de política para niños y niñas de 14 años que antes de aprender ya han perdido el interés, cosa normal porque es exactamente lo que el establishment desea).

Yo no sabía con exactitud dónde me encontraba, pero sí era evidente que en una gran Plaza cuadrada y porticada que bien podría ser una de las grandes plazas de Madrid.
Un sesentón barbudo, alto, correctamente vestido y con unos andares peculiares, sobre todo por la forma de mover brazos y manos al desplazarse de punta a punta de la Plaza con una obcecación envidiable, no observó la aparición de un extraño personaje de un color tirando a verdusco no muy oscuro, y vestido con ropas más  carnavalescas que propias de la estación en la que nos hallábamos, que era pleno mes de enero del año 2018.

Yo me sobresalté un instante, porque lo primero que me vino a la cabeza al ver a esa figura extraña a nuestros ojos que tan pocas cosas ven y distinguen es que se trataba de un extraterrestre, es decir, un marciano.
Y lo que finalmente captó mi atención fue la conversación que mantuvieron el hombre barbudo y el supuesto marciano.

El hombre (¿o mujer?) le preguntó al sesentón, que presentaba una actitud impasible, incluso con tendencias al hieratismo: ¿Quién es el señor Mariano Rajoy?
El barbudo respondió: El Presidente del Gobierno de España.
El marciano inquirió: ¿Qué es España?
El sesentón dijo: Bueno, es algo difícil, porque no es una República porque tiene un Rey y ese Rey es el mayor poder del Estado pero no ejecuta su poder porque lo delega en el Parlamento. Tal vez lo entendería algo mejor si le digo que España es un conjunto de territorios con gobiernos autonómicos o regionales pero gobernado de forma centralizada por ese parlamento que he citado y que, además, fiscaliza las decisiones del Gobierno Central. Me ha quedado una explicación algo larga, porque yo soy hombre de pocas palabras, pero confío en que le sirva para hacerse una idea de qué es España, como no puede ser de otra manera.
El que creo era marciano: No, no he entendido nada. Pero tal vez conozca usted a ese Mariano Rajoy,  y seguro que él sabrá explicármelo con sencillez dada su condición de Presidente del Gobierno de España.
El de la barba y caminares extraños pero obcecados dice: Yo soy Mariano Rajoy, Presidente de España.
El de verde no pone los ojos más grandes porque no puede al carecer de párpados, y dispara directamente una pregunta: ¿Y qué hace el Presidente de un Gobierno como usted además de caminar de forma extraña y peculiar por esta plaza?
M.Rajoy pone el semblante más serio de lo habitual y contesta: Bueno, hace muchas cosas, muchas cosas, como, y primero y fundamental, mantener unido el país para proteger los intereses nacionales y así estar vigilante ante la igualdad de oportunidades para todos.
Segundo, dictar normas de obligado cumplimiento, prohibir otras muchas por no ser de interés público, generar riqueza, crear empresas, mantener y dirigir el Ejército para defender los intereses del país, recaudar dinero de los contribuyentes para las obras públicas y las estructuras necesarias para el desarrollo de la totalidad país y de sus habitantes, potenciar el tráfico de mercaderías por tierra, mar y aire, cuidar y atender la salud de los habitantes de lo que llaman Estado, fomentar la educación y la cultura para todos de forma homogénea, y en definitiva, procurar que el reparto de la riqueza y el bienestar sea equitativo entre todos sus miembros.
Y tercero, custodiar la separación de los tres poderes básicos de su sistema de gobierno, el legislativo, el ejecutivo y el judicial, para que cada miembro del país sepa a qué atenerse, cuáles son sus derechos y poderes, dónde están sus límites y castigarlo o premiarlo en función de sus actividades públicas y privadas.

Le interrumpe el extraterrestre o como mínimo extraespañol con señales de evidentes mareos y alguna que otra arcada y le dice: A ver, nosotros, que somos de otro lugar que nada que tiene que ver con esto que usted me explica, antes de acercarnos a conocerlos los hemos investigado para saber sobre ustedes y sus costumbres, y llegamos a tres conclusiones. Me gustaría citárselas para que usted me diga si estamos en lo correcto o estamos equivocados.

El de la barba blanca y el pelo tintado de negro asiente con una amplia sonrisa y dice; Adelante, por favor.

El mareado, ahora amarillo aunque continúa vestido de verde, inicia su exposición: El Presidente de un Gobierno es un gran fabricante, en realidad el “Gran Fabricante”. Creemos que así podemos definirlo.
M.Rajoy se frota las manos, alcanza a esbozar una sonrisa y responde con alegría incontenida esperando hartarse de halagos como… debe ser, mientras dice: Exactamente. Como no podría ser de otra manera. Excelente descripción, mi querido amigo.
El extraño: Yen el caso del Presidente Mariano Rajoy concluimos nuestros estudios confirmando que fundamentalmente es fabricante de tres cosas, que por cierto fabrica con extrema habilidad y acierto.
El barbas opina: Bueno, de algunas cosas más, algunas cosas más… (mostrando una sonrisita satisfecha y babosa en las comisuras de sus labios) pero vamos a ver cuáles cita usted, porque me parece un razonamiento y un proceder muy interesante, como no podría ser de otra manera.
El verdoso prosigue: Lo explicaré de manera escueta, por ser cómplice de usted que es de pocas palabras, menos gestos y luces casi inexistentes.
Primero, es usted un fabricante excelente de personas que no desean pertenecer al país que usted tanto cita, como por ejemplo los independentistas catalanes, los vascos y en menor medida gallegos, asturianos, andaluces, aragoneses, canarios,… lo cual no cuadra con mantener la unidad del país, pero en su momento ya profundizaremos en ello. Segundo, es extremadamente habilidoso en fabricar corruptos (que en nuestros análisis de su lenguaje hemos entendido que son los llamados en otras acepciones estafadores, ladrones, bandidos, timadores, e incluso coloquialmente, chorizos) estatales, lo cual tampoco cuadra con velar por los intereses de todos los habitantes de eso que usted llama España y no sabe muy bien definir.
Y, Tercero, viste usted con traje y corbata pero fabrica de  maravilla tipos que visten toga negra y gorritos y bufanditas o baberitos extraños y con faldas largas, y que adiestran y dominan y dirigen para que siempre lo vean todo como ustedes, y sin embargo tiene vecinos que llevan faldas blancas en vez de negras y a esos los detestan y repudian, lo cual tampoco parece muy coherente.
Por tanto podemos concluir: Usted y el territorio que le cuesta definir basan su existencia en la incoherencia absoluta, la falsedad y la mentira, el interés y las ganancias de unos pocos y la colectivización de las pérdidas del fabricante, que las tiene, como dice usted, porque en una economía libre de mercado no podría ser de otra manera.
Le puedo asegurar, Señor Presidente de no sabe qué, que nuestros sociólogos están profundamente interesados en ustedes, y por ello nos volveremos a ver en otras ocasiones, que serán frecuentes, dado que lo de ustedes es para nosotros inimaginable en cualquier sociedad moderna, culta y razonable. Por decirlo de alguna forma, ustedes son una sinrazón, pero no carentes de estudio en profundidad porque en la vida todo tiene su explicación, y nosotros queremos saber porque amamos la sabiduría y el conocimiento.

Y como por arte birlibirloque desapareció. Se esfumó.
Y el barbudo blanco de pelo negro teñido también desapareció, pero por otras artes que ahora sería largo de explicar.
Y me quedé sólo con mi vaso de vino tinto en mi escondite de la Plaza, tras una columna que me había servido de parapeto para no ser visto.

Miré en mi derredor, pero ni rastro del hombre (¿o mujer?) verdusco no muy oscuro ni del sesentón barbudo, alto, correctamente vestido y con unos andares peculiares.

Pensé que era demasiado tarde y que me debía de acostar, y que en futuras ocasiones controlaría el número de mis vasos de vino consumidos con más atención.

En la televisión de un bar de esos que abren a primera hora para ofrecer “barrechas” de moscatel y anís del Mono a los trabajadores ví el careto apergaminado e insípido del Presidente del Gobierno de España explicando en clave de ceceo dios sabrá qué y a quién, sin gestualización alguna, aunque rumio que a él y a los que son como él eso les da lo mismo, como no podría ser de otra manera.

miércoles, 3 de enero de 2018

Hotel Florida.



Primero de enero de 2018.
Estoy en la barra del Hotel Florida, en Llívia (Cerdanya).
Son exactamente las 12 h.
Estamos ya en el mediodía y en el Hotel no hay nadie. Una camarera más pendiente de acabar con la recogida de la fiesta del día anterior, y yo, que no lo celebré más que con una ligera cena a las 20 h. con el propio personal del Hotel, antes de que a las 21 h. llegasen los primeros clientes del “reveillón”.

Imaginé que los clientes del Hotel estarían durmiendo la resaca de la noche anterior en sus habitaciones del Hotel o en sus casas, normalmente segundas residencias de barceloneses de las zonas altas de la capital.
La camarera que me atendió sirviéndome un copa de cerveza me comenta que le duele la cabeza, a pesar de que ella no consume alcohol.
La creo porque la conozco, y la observo despistada y desinteresadamente cuando se dirige a esconderse en la cocina.

Tras unos segundos entra un hombre en el Hotel y se dirige hacia la recepción, donde no hay nadie para atenderle.
No pasa ni siquiera un minuto cuando abandona la Recepción y se dirige hacia la barra donde yo bebo cerveza. Me da los buenos días, me extiende una libreta por estrenar de papel blanco sin pautar, hace el gesto de que la acepte y me indica que le haga una reserva de habitación.
Le señalo que no soy empleado del Hotel y que lo que pide lo harán en Recepción en cuanto aparezca la recepcionista.
Me dice, extremadamente amable, que no, que desea que de la reserva tome nota yo, que a ese efecto me ha entregado la libreta, ya que tiene un poco de prisa y además la reserva no es para fechas inmediatas.
No sé qué es lo que me atrae del personaje en cuestión, pero decido tomar nota de su pedido.
Bien –digo- ¿me indicará, por favor, su nombre y apellidos?
Me responde que eso ahora no es importante, que por el momento le llame simplemente Señor.
Le hago notar que por lo poco que sé de reservas en el Hotel Florida es imprescindible un nombre completo para efectuar una reserva, aunque no intento ser muy convincente porque en mis frecuentes visitas al Hotel he oído infinidad de ocasiones que al finalizar una reserva la recepcionista demanda la Tarjeta de Crédito del cliente para poder confirmar la reserva. Por tanto, ya averiguaré sus datos personales cuando le pida su tarjeta.
Pues bien, sigamos, aunque me cuesta un poco entender sus respuestas –digo sin ningún acento exigente, sino por decir algo para poder proseguir- ¿me puede indicar qué noches desea hospedarse en el Hotel?
Y con rapidez responde que las noches del 1 al 5 de enero del año 2020.

Me azoro un poco, pero mantengo la calma y le recuerdo que hoy mismo iniciamos el año 2018, por lo que me parece innecesario realizar una reserva con tanta anticipación. Para mostrarle mi determinación cierro la libreta y hago el gesto de devolvérsela mientras dejo mi estilográfica sobre la barra, junto a la cerveza.
Niega de forma ostensible con su cabeza, y me pide, de nuevo con una amabilidad sincera, que por favor coja nota de su reserva y que, además la anote con mi estilográfica, porque adora a la gente que escribe con pluma. Le hago saber que mi pluma es de la marca PILOT, y es desechable, es decir que cuando se agota la tinta se tira a la basura y se utiliza una nueva pluma. Parece que eso le agrada todavía más, porque está a punto de aplaudir.

Repito en voz alta las fechas indicadas, 1 al 5 de enero de 2020, y antes de que formule una serie de preguntas imprescindibles para cumplir con mi cometido accidental, me suelta que desea la habitación número 14, que aunque es doble él la utilizará de forma individual.
Inmediatamente pregunto si conoce las habitaciones y me dice que sí, que ha investigado el Hotel y lo conoce perfectamente, pero que aún así desea conocer mi opinión sobre las mismas. Pienso en responder que qué importa mi criterio si ya ha decidido realizar la reserva, pero con igual delicadeza que la suya le digo que es un Hotel sencillo, de tres estrellas, pero con unas habitaciones cómodas pulcras y unos baños modernos y confortables. Me aplaude sonoramente, y yo pienso que tal vez esos aplausos llamen la atención de la camarera escondida en la cocina y me saque del apuro en el que yo solo me he metido. Pero no funciona. La camarera no aparece ni da señales de vida.
Apunto ya sin más dilación en el cuaderno, pagina 1 después de la página de cortesía, el nombre “Señor”, “Habitación 14”, y las fechas indicadas.

Es entonces cuando me interrumpe con un ligero toque en mi antebrazo, el que sujeta la libreta, no el que escribe, para explicarme que desea durante su estancia paz, mucha tranquilidad, lentitud en su entorno y armonía máxima, y que está convencido de que el Hotel Florida es el ideal para sus planes para los primeros días del año 2020.
Y para demostrarme lo que me dice inicia un lento caminar por el pasillo habitado entre la barra del Hotel y los sofás y mesas para tomar un refrigerio, té o el aperitivo, moviendo sus extremidades con extrema lentitud, como si estirase sus miembros después de un largo descanso, para seguidamente estirase en el suelo de parquet flotante del Hotel como imitando a los nadadores de braza o a los sapos que se bañan con toda su lentitud en su charca habitual.
Yo estoy más pendiente de que no se me escape la risa, pero él la adivina y me dice tranquilamente que lo entiende, y que no sufra porque no es peligroso ni nada parecido.
Se me ocurre comentarle que en las fechas que me ha indicado para su reserva suele haber mucho ajetreo en el Hotel, incluso muchos niños pequeños, por las fiestas de Navidad y de Reyes, pero Señor me dice que ya lo sabe, pero que también tiene la seguridad de que yo sabré solucionarlo porque para eso me ha investigado, y también al personal del Hotel.
Me mira casi con cariño y me dice, “Paco, usted y yo también sabemos que la paz y la tranquilidad no está en el exterior de cada uno de nosotros, sino en nuestro interior”.

Me coge tan desprevenido, y cada vez más aturdido, que sólo se me ocurre comentarle que el Hotel dispone de piscina y sauna privada, pequeñas pero encantadoras, y claro, obtengo por respuesta que lo sabe, que me ha dicho en diversas ocasiones que ha investigado el Hotel y todo lo que concierne al mismo.

Parece que llegamos al final de nuestra charla, o de nuestra reserva, ya no sé cómo decirlo, porque ya no sé bien si soy cliente o recepcionista del Hotel Florida, y le pregunto si deseará instalarse en régimen de pensión completa o media pensión o sólo desayuno, y me responde que eso ahora tampoco es importante, porque su objetivo en 2020 es alimentar su espíritu y no su cuerpo. Y que de la cocina no es necesario que le explique nada, porque evidentemente ya lo ha investigado.

Noto un cierto nerviosismo en mi ánimo, porque está a punto de llegar el momento decisivo. Deberé, en breve, pedirle el número de la su tarjeta de crédito.
Y la camarera sigue sin aparecer.
Hasta pienso en lanzar un grito del tipo “Deyanira, sal un momento, por favor, piden por ti”, pero no sé por qué no lo hago.
Así que me lanzo. Le pido si me puede dejar ver su tarjeta de crédito para tomar nota de la misma, y con absoluta tranquilidad dice que eso no es ahora importante porque faltan veinticuatro meses para que él se instale en el Hotel durante cuatro noches, y que para eso ya habrá ocasiones más que suficientes para que tome nota de su tarjeta, y de su nombre y apellido, y profesión y todo lo que desee.
Le respondo que sin ese trámite es imposible realizar la reserva, y me dice que ya lo sabe, y que por eso me ha escogido a mí y no a otro empleado del Hotel para tomar nota de sus intenciones en 2020.
Dice que sabe que yo le arreglaré y solventaré un problema menor como el que ahora se plantea.

Algo intranquilo ya, le respondo que no sé si será posible, porque los jefes del establecimiento son otros y no yo, y que además no tengo nada claro por qué estoy aceptando el encargo que me ha planteado.
Señor responde que no tiene ninguna duda de que sabré realizar su encargo con absoluta diligencia, que él lo sabe y así lo siente, y que no acostumbra a equivocarse en las deducciones de sus pesquisas, y que para finalizar me ruega encarecidamente que guarde su libreta y que nadie nunca anote nada más de lo anotado en ella por mí, porque cuando regrese el 1 de enero de 2020 exigirá su devolución y en la condiciones pactadas.

En ese preciso instante entra en el Hotel Florida Sonia, la recepcionista oficial, a la que le reclamo atención para explicarle la situación en la que me he encontrado.
Interrumpe mi llamada Señor para decirme que no dispone de tiempo suficiente como para escuchar todo lo que le explicaré a la recepcionista, así que se marcha de forma inmediata y yo ya me encargaré de satisfacer todas sus demandas y exigencias.
Y se va tranquila y pausadamente, mientras Sonia me mira con una expresión que dice algo así como a ver que lío me ha montado Paco en algo menos de media hora que me he ausentado del Hotel.

Después de mis largas explicaciones a Sonia, que se impacienta notablemente porque cada dos por tres me dice “va, Paco, que tengo trabajo, acaba” coincidimos en que aquel tipo o bien está loco o sufre de algún tipo de demencia o enfermedad psíquica, aunque yo pienso que no, que su actuación obedece a algo que por el momento se me escapa.

En ese mismo instante observo a través de los cristales de la puerta de entrada al Hotel Florida que Señor se gira sobre sus talones casi marcialmente y regresa sobre sus pasos al Hotel, abre la puerta y con una mirada franca dirigida a Sonia y a mí mismo nos dice: “No les he oído, pero sé que opinan que estoy loco. Y no es verdad, estoy completamente cuerdo. Llamaré unos sesenta días antes de la fecha de mi reserva y confirmaré todos los datos, entre ellos los no facilitados hoy, porque eso, hoy, no era importante”.

Sonia y yo nos miramos algo confusos y atribulados .
Mientras le extendía a la recepcionista la libreta de Señor, pensé en anotar en la agenda de mi móvil la reserva que había cogido, pero lo desestimé porque en ese mismo momento supe que aquel tipo extraño cumpliría con su compromiso conmigo y con el Hotel Florida.

Sonia ya estaba con sus tareas, ajena a mis atribulaciones y pensamientos, y yo decidí acabar con mi caña de cerveza, con toda seguridad tibia y sin gas, y pedir otra para degustarla con una satisfacción extraña y desconocida hasta ese momento.